miércoles, 31 de agosto de 2011
Yala, nola, sila,sila ….Hasta cuando !
Repetida, te intercambio dos figuritas por un cromo/sticker/tatoo?
La nostalgia me invade cuando recuerdo esas palabras que en mi infancia repetía y sentía con fustración que serian infinitas y eternas. La sonrisa inexplicable,los ojos destellantes, la ilusión en el alma inherente a la edad, expectante a que llegue la hora del recreo, salida o simplemente en hora de clase a intercambiar figuritas de álbum y encontrar esa dichosa y codiciada figurilla que nadie tenía y sospechaba ingenuamente que nadie tendría y todos esperaban obtener. Aquí les presento a algunos que me acompañaron en mi ayer no tan lejano por cierto.
Aquellos tiempos… en fin, aterrizando a la realidad, cuántos se han identificado con esas palabrerías dichas anteriormente. Sí, ustedes. Tú, que estás leyendo esto, recuerdas cuando abrías tu paquetito de 50 céntimos con la convicción de que esta vez te tocaría esa tarjeta que te faltaba. Pero que montón de ilusos que éramos algunos, cuanta inocencia. Que engaño, aún recuerdo cuando mi alma de infante , de mini coleccionador se rompió al enterarme de que vendían paquetones de estas, sí, la mama de los paquetes de 50 centavos, donde vendían todas esas figuras que a nadie le tocaba. Y Por si no fuera poco, hasta vendían los álbumes completos, efectivamente, pero que decepción en contra de mis primeros pasos en la iniciativa comercial. Gracias a las distribuidoras por romper la magia!
Si para algunos significaba un pasatiempo o un simple hobby el llenar álbumes lo es para otros, los coleccionistas, una cuestión de lucro. Si estos coleccionaderes que luego dejan de serlo al lucrar con estas reliquias irreemplazables, como por ejemplo los álbumes del mundial pueden llegar a ser vendidos desde 20 soles hasta 10 mil soles llegando a ser estos últimos de mayor valor al ser más primitivos.
A mi edad esas ideas que empiezo a comprender me persuaden a seguir ese camino frío y desalmado y lo digo porque no creo continuarlos, estos objetos de puro conocimientos, fragmentarios de un ayer antes de ser demolidos por la cruda realidad son muy significativos. En fin, ¿Alguien quiere intercambiar figuritas?
Melissa
martes, 30 de agosto de 2011
Cajas Trascendetales
Supongo que así como a mi me ha sucedido, a muchos de ustedes les ha molestado no poder instalar algunos objetos grandes en espacios útiles de su casa. Por ejemplo, uno decide comprar una bicicleta para salir a pasear, o comprar algunas máquinas de gimnasio para hacer ejercicios en su propio hogar, pero se da cuenta que el problema es el espacio donde guardar estas instalaciones. ¿Por qué? Quizás es una casa desordenada, quizás es el rincón/baño del perro, o quizás es el espacio de adoración de los padres.
Bueno pues, esta última opción es mi caso. Y con ese espacio de adoración me refiero a su colección personal de cosas queridas, en su caso, es una montaña colosal de cajas vacías. Tendría mayor sentido decir que son cajas de plastimodelismo y que a mi padre le gusta armar y desarmar estos tanques o aviones que vienen dentro de ellas en su tiempo libre; pero la verdad es que andan completamente vacías, sin excepción alguna.
Lo más interesante es su pasión por mantenerlas en el lugar donde están, nadie puede tocarlas, nadie puede verlas. Mi padre es ya mayor de edad, muy cerca de jubilarse. Cada vez que le pregunto sobre qué hará con esas cajas, me responde: “Cuando me jubile lo sabrás, tendré bastante tiempo ocupado... ahora anda a hacer tus tareas”.
lunes, 29 de agosto de 2011
P.A.P.E.L... esa cosa tan "molestosa", pero TAN fácil de acumular...
¿Quién no ha acumulado papel a lo largo de su vida? Es un hecho, es inevitable, se puede decir que es casi un reflejo. Y la verdad es que nunca te das cuenta hasta que te encuentras cara a cara con un cerro de hojas inservibles, escritas y/o garabateadas con o sin propósito alguno. ¿Alguna vez te diste cuenta?
Por ejemplo, y sin ir más lejos que la gaveta del cuarto de mis papás, están los temibles recibos. De luz, de agua, de cable, teléfono e internet, de seguros, ¡en fin! Cantidad de papelitos que, en algún momento, pudo tener sentido guardar pero que, al irte llenando la billetera, fuiste apachurrando en algún cajón. Hasta que, oh sorpresa, ya no era sólo un cajón. Eran cuatro o cinco.
Ya son varios los años en que mis queridos progenitores me piden que ordene los benditos cajones. ¿Quién hubiera pensado que unos papeles podrían pesar tanto? Y no me refiero a los libros gordos que te mandan en el colegio, la universidad, o cualquier otro curso de formación que puedas estar llevando, no. Me refiero a sobres ligeritos y hojas delicadamente ruidosas. Era tal la acumulación. Aún así, todos los años, desde hace unos 5, tengo que darme el trabajo y el tiempo de sacar todo el cargamento anti-ecológico que te llega cada mes recordándote la plata que debes, y, sin botar casi nada, acomodarlo por año, utilidad, y/o empresa. Y después, hay que volver a ponerlo en su cajón. No miento al decir que, con facilidad, hay varios kilos de recibos metidos en esos cajones.
Cualquiera diría que no hay necesidad de abarrotar espacio útil con tanto papeleo. Nadie puede encontrarle uso a recibos de hace 5 años. Por último, podrían escanearse y guardar en la computadora, aunque sea por reciclar ese papel y ese espacio. Pero es consabido que los papás no tienden a ser las personas más tecnológicas con que pueda encontrarse uno en la vida. Y los míos no son la excepción.
Hasta el día de hoy, no comprendo el porqué de ese abarrotamiento de recibos. No es que los saquen cada ciertos días o semanas o meses y comienzen a sacar cuentas. Yo sé que ahí hay recibos desde el 2004 o 2005. No hay por qué quedarse con todo eso hasta el día de hoy.
Pero, como ya le he escuchado a mi papá varias veces, ¿quién puede con el mar?
Samantha
Por ejemplo, y sin ir más lejos que la gaveta del cuarto de mis papás, están los temibles recibos. De luz, de agua, de cable, teléfono e internet, de seguros, ¡en fin! Cantidad de papelitos que, en algún momento, pudo tener sentido guardar pero que, al irte llenando la billetera, fuiste apachurrando en algún cajón. Hasta que, oh sorpresa, ya no era sólo un cajón. Eran cuatro o cinco.
Ya son varios los años en que mis queridos progenitores me piden que ordene los benditos cajones. ¿Quién hubiera pensado que unos papeles podrían pesar tanto? Y no me refiero a los libros gordos que te mandan en el colegio, la universidad, o cualquier otro curso de formación que puedas estar llevando, no. Me refiero a sobres ligeritos y hojas delicadamente ruidosas. Era tal la acumulación. Aún así, todos los años, desde hace unos 5, tengo que darme el trabajo y el tiempo de sacar todo el cargamento anti-ecológico que te llega cada mes recordándote la plata que debes, y, sin botar casi nada, acomodarlo por año, utilidad, y/o empresa. Y después, hay que volver a ponerlo en su cajón. No miento al decir que, con facilidad, hay varios kilos de recibos metidos en esos cajones.
Cualquiera diría que no hay necesidad de abarrotar espacio útil con tanto papeleo. Nadie puede encontrarle uso a recibos de hace 5 años. Por último, podrían escanearse y guardar en la computadora, aunque sea por reciclar ese papel y ese espacio. Pero es consabido que los papás no tienden a ser las personas más tecnológicas con que pueda encontrarse uno en la vida. Y los míos no son la excepción.
Hasta el día de hoy, no comprendo el porqué de ese abarrotamiento de recibos. No es que los saquen cada ciertos días o semanas o meses y comienzen a sacar cuentas. Yo sé que ahí hay recibos desde el 2004 o 2005. No hay por qué quedarse con todo eso hasta el día de hoy.
Pero, como ya le he escuchado a mi papá varias veces, ¿quién puede con el mar?
Samantha
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